Rock al Parque 2026: tres jornadas de metal, punk y contrastes en el festival gratuito de Bogotá

La edición 2026 de Rock al Parque convirtió nuevamente al parque Simón Bolívar de Bogotá en punto de encuentro para distintas generaciones de aficionados a la música. Durante tres jornadas, el festival reunió propuestas nacionales, latinoamericanas e internacionales que recorrieron desde el metal extremo y el hardcore hasta el punk, el post-punk y las vertientes alternativas. Sin embargo, entre los momentos destacados de las presentaciones también surgieron cuestionamientos sobre el sonido, la movilidad, el ingreso del público y la organización de los escenarios.

En su trigésimo aniversario, el encuentro presentó un cartel diverso que puso frente a frente a referentes del metal y proyectos con búsquedas musicales distintas. Entre los nombres internacionales figuraron Triptykon y Mon Laferte, mientras que las agrupaciones colombianas tuvieron una presencia importante, especialmente dentro de las distintas vertientes de la música pesada. La experiencia, no obstante, estuvo marcada por las particularidades de cada jornada y por las dificultades que acompañaron algunos de los conciertos.

El sábado comenzó con Solegnium, agrupación de brutal death metal originaria de Soacha, que abrió las actividades en el escenario Plaza. La banda presentó canciones de su lanzamiento más reciente, Unheimlich, en una jornada que también coincidió con sus 20 años de trayectoria. Aunque las primeras presentaciones suelen convocar a menos espectadores, quienes llegaron temprano encontraron una descarga de metal extremo que puso en movimiento al público desde las primeras horas.

La actividad continuó con Maskhera, banda venezolana radicada en Colombia, que llevó su combinación de groove y thrash metal al escenario Bio by Vans. Canciones como “Cegados por la Fe” y “La Fuerza que nos Unió” encendieron el pogo y mostraron una respuesta favorable de los asistentes. El sonido de esta tarima fue uno de los aspectos positivos de la jornada, en contraste con las dificultades técnicas registradas durante algunas presentaciones en el escenario Plaza.

Otra propuesta que llamó la atención fue VEIN, representante de la escena distrital con una combinación de death y groove metal acompañada por una intervención visual en vivo. Mientras la agrupación interpretaba su repertorio, el artista Iván Chacón desarrollaba obras mediante la técnica conocida como action painting, utilizando pintura negra sobre un lienzo blanco. Las figuras que aparecieron durante la presentación, entre ellas una imagen semejante a un ángel caído y otra de aspecto femenino y sombrío, complementaron la intensidad de la música. Aunque el sonido presentó problemas al inicio, estos se normalizaron después de las primeras canciones.

La presencia de las bandas locales continuó con Ataque de Pánico, agrupación de groove y death metal encabezada por Johanna Sevillano. Su actuación estuvo acompañada por un público que encontró en el pogo una forma de liberar energía al ritmo de temas como “Severa Molleja” y “Arroz con Huevo”. Las imágenes proyectadas en las pantallas también aportaron personalidad al espectáculo, con referencias visuales que remitían a la publicidad de productos de mediados del siglo XX y a universos distópicos.

Más tarde, SYRACUSÆ presentó su propuesta de deathcore, metalcore y djent, comenzando con “Iteración”, uno de sus sencillos recientes. La agrupación llegaba al festival después de haber tenido la oportunidad de mostrar parte de su trabajo en Sweden Rock durante el mismo año. La intensidad de su música encontró respuesta en el público, mientras que sus recursos audiovisuales contribuyeron a construir una presentación que destacó entre las propuestas nacionales de la jornada.

Uno de los momentos más representativos del día llegó con Natsukashii y su homenaje al rock y al metal colombiano. El repertorio incluyó fragmentos de canciones reconocidas como “Baracunátana”, “Vestido de Cristal”, “Ay qué Dolor”, “La Juega” y “Soñar Despierto”. Durante “La Juega” participó Amós Piñeros, vocalista de Ultrágeno, en una intervención que conectó distintas etapas de la música alternativa del país y acompañó la celebración por los 30 años del festival.

El hardcore también tuvo un espacio importante con Real House of Hate, agrupación de Medellín vinculada al beatdown, que se presentó en el escenario BBC. La fuerza de las dos voces, los cambios rítmicos y la ejecución instrumental dieron forma a una actuación marcada por la energía física característica del género. El sonido de esta tarima fue señalado como uno de los más sólidos del encuentro.

La jornada del sábado cerró, para el equipo que documentó estas actuaciones, con I.R.A., veterana agrupación de punk que celebró cuatro décadas de trayectoria. Sus canciones fueron coreadas por seguidores de diferentes generaciones en un momento en que la asistencia comenzaba a crecer. Aunque se presentaron inconvenientes menores de audio, estos fueron atendidos y el concierto continuó sin mayores contratiempos.

La convocatoria del sábado también evidenció algunos de los problemas de infraestructura y organización que acompañaron el festival. La cantidad de asistentes complicó el tránsito entre escenarios y dejó en evidencia la necesidad de contar con mayor personal de logística en los senderos del parque. Asimismo, se cuestionó la poca visibilidad de los equipos de socorro en algunas zonas, una situación que generó preocupación ante la posibilidad de una emergencia.

La programación del escenario BBC también motivó comentarios entre algunos asistentes, pues reunió agrupaciones con una trayectoria consolidada, como Kraken e INFO, en lugar de dar mayor espacio a proyectos recientes que buscan abrirse camino. La discusión sobre la selección de artistas y la representación de determinadas vertientes musicales volvió a aparecer, una controversia recurrente en los festivales de gran escala, donde las decisiones de programación suelen generar opiniones encontradas.

Al final del día, la movilidad representó otra dificultad. Los cierres viales y las limitaciones del transporte público durante la noche complicaron el regreso de quienes permanecieron hasta las últimas presentaciones. Entre las propuestas planteadas por los asistentes estuvo extender los horarios del sistema de transporte para facilitar la salida del público.

El domingo comenzó con Últimos Nietos, agrupación caleña de indie y punk rock que llegó a Bogotá como parte de su gira. Su actuación en el escenario BBC permitió escuchar canciones en las que las letras sobre la ansiedad y las tensiones de la vida adulta se combinaron con sintetizadores y líneas melódicas de guitarra y bajo. La voz de Juliana aportó un componente emocional a una propuesta que encontró un ambiente favorable durante la tarde.

La presentación también sirvió para destacar el trabajo visual de las agrupaciones colombianas. Las imágenes proyectadas durante los conciertos mostraron una búsqueda estética que, en opinión de los cronistas, sobresalió por su elaboración y creatividad. En el caso de varias bandas locales, los recursos gráficos no funcionaron únicamente como fondo, sino como parte de una identidad escénica que acompañó el sonido y ayudó a diferenciar cada propuesta.

De acuerdo con las cifras atribuidas al Instituto Distrital de las Artes (Idartes) en la crónica original, el domingo se registraron 291 mil ingresos de personas al festival. La publicación señaló que no tenía información suficiente para establecer cómo se había calculado esa cifra. La asistencia, en cualquier caso, estuvo acompañada por una importante concentración de público y dificultades para desplazarse por algunas áreas del recinto.

El lunes presentó una combinación de estilos y una nueva serie de complicaciones logísticas. Las medidas para controlar el aforo del parque provocaron demoras de aproximadamente una hora en el ingreso, lo que ocasionó retrasos en las presentaciones de tres de los cuatro escenarios. Aunque la programación se vio afectada, ninguno de los conciertos anunciados fue cancelado, de acuerdo con el recuento de los asistentes.

Entre las agrupaciones que se presentaron ese día estuvieron las mexicanas Fokin Biches, procedentes de Querétaro, que llevaron al escenario Bio una propuesta de punk acompañada por un performance en el que las integrantes interpretan a presidiarias que escapan de una instalación de máxima seguridad. La puesta en escena se complementó con una actuación enérgica y un público que respondió a la fuerza de sus canciones.

El concierto incluyó también una versión de “Cómo te voy a Olvidar”, popularizada por Los Ángeles Azules, que incorporó una referencia inesperada a la música de banda dentro de su repertorio. Al terminar, integrantes de agrupaciones colombianas como Sin Pudor, Rattus Rattus y Las Poker subieron al escenario para compartir un jam con las mexicanas. La participación conjunta se convirtió en una de las imágenes de colaboración entre artistas que dejó la jornada.

Después llegó el turno de Sistema de Entretenimiento, banda española de arcade punk que mezcló sintetizadores y guitarras para construir una presentación orientada al baile. Más tarde, en el escenario Plaza, el dúo Boca de Serpiente llevó su combinación de post-punk, progresivo y noise a una audiencia cada vez más numerosa. El grupo, que ya había participado en el encuentro Progotá Vol. 2, contó con la presencia de Mauricio Colmenares, vocalista de Revólver Plateado.

Boca de Serpiente aprovechó el concierto para presentar “Inminente”, un sencillo que se sumó a los momentos destacados de su actuación. Su paso por uno de los escenarios principales permitió que una propuesta que cruza diferentes lenguajes del rock alternativo llegara a una audiencia más amplia.

En esta última jornada, el sonido del escenario Plaza mostró una mejora respecto de los problemas registrados el sábado. El contraste entre ambas fechas dejó preguntas sobre la consistencia técnica del festival, particularmente en un evento que recibe propuestas musicales con exigencias de sonido muy distintas.

Rock al Parque 2026 dejó así una edición de contrastes. Por un lado, las actuaciones de agrupaciones colombianas y latinoamericanas mostraron la diversidad de una escena que combina metal extremo, hardcore, punk y experimentación sonora con propuestas audiovisuales cada vez más elaboradas. Por otro, las demoras en el acceso, las dificultades para circular entre escenarios y los problemas de transporte volvieron a colocar la logística en el centro de la conversación.

En sus 30 años, el festival gratuito de Bogotá mantuvo su condición de plataforma para distintas generaciones y estilos musicales. La experiencia de quienes asistieron estuvo marcada tanto por la energía de los conciertos como por los aspectos que todavía requieren atención para que la programación, la infraestructura y los servicios estén a la altura de la convocatoria.

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